domingo 22 de noviembre de 2009

Las recetas de la paz



Manuel tuvo una idea que se convirtió en proyecto: recetas sobre la paz, fotos de los cocineros creadores de esas recetas, un guante sin dos dedos. Cada uno crea lo que para él sería una receta para lograr la paz del mundo. Entre metáforas y recetas reales, cada uno pone su corazón, su creatividad y su entusiasmo en esta hermosísima iniciativa.

Yo estoy feliz y honrada de participar, y aquí está mi receta.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Molleja de gozaderaaaaaaaa!!!

Este fin de semana, mis amigas Johana Linares e Ivette Franchi, se vinieron cargadas de delicias maracuchas y las sirvieron en el comedor del ICC. Luego del servicio, Sumito se dejó cargar por todas nosotras (Yelitza Acosta, Tamara Rodríguez, Johanna Linares, Ivette Franchi y yo).



martes 27 de octubre de 2009


El dolor

Para María Silvia Antonia, 19 años después

“Toma mis manos y abrázame fuerte
cierra los ojos, yo soy la muerte”
Toma mis manos
Willie Colón

El dolor… El dolor… El dolor es lo que mejor recuerdo. Aquella deuda saldada, aquella cosa pastosa y al mismo tiempo punzante que me consumía hasta dejarme exhausta y sin consuelo. Muchas veces pensé que, si se intensificaba, podría llegar incluso a ser un deleite, a perder su naturaleza maligna y cruel y convertirse en un placer. Pero no, se mantuvo en el borde, coqueteando con el alivio pero sin abandonarme.

Los otros recuerdos siempre son en sepia, nunca vívidos, siempre dejan claro que eran el pasado. En cambio el dolor se convirtió en mi naturaleza, en mi identidad, en un presente eternizado y melancólico. Creo que tuve dos hijos, un perro, alguien me amó, a alguien amé. Pero no puedo recordar exactamente las emociones ni los hechos concretos. Casi todo se borró.

Casi.

Recuerdo clarísimamente el sabor de la menta y el de la parchita, perfumado y optimista. Recuerdo que una vez me emocioné al ver el cambio de verde a naranja de un ají dulce que crecía desvergonzado en el jardín de mi casa, recuerdo haberme sentido feliz, recién bañada, con el cabello húmedo, untándome crema en las piernas, recuerdo el frío del suelo del páramo andino. Casi todos recuerdos inconexos, circunstanciales, que no me dan referencia de mi vida afectiva, la cual se fue desvaneciendo en cada punzada de dolor amargo y sarcástico.

Es extraño, cuando el dolor daba una tregua, quería bailar. Pero eso ocurrió unas tres o cuatro veces en aquél tiempo, de resto viví atravesada por una daga hirviente que separaba mi cuerpo en dos y mi mente en miles de pedazos.

Un día, mis súplicas fueron atendidas: el dolor se hizo tan agudo, tan profundo, que me enamoré de él. Su intensidad fue tan seductora y tan exquisita que me le entregué como una virgen, ruborizada y feliz de sucumbir ante su encanto. Me abrazaba de pies a cabeza, me susurraba promesas de amor y eternidad al oído, cantaba para mí con voz de barítono y me daba a beber de su torrente un néctar, dulce y especiado, que me hizo ver de nuevo a colores. Su abrazo le devolvió calidez a mi cuerpo maltratado y agónico y jamás estuve tan viva como cuando acepté su beso translúcido, de luz de bengala, de mango de hilacha, de agua de mar, de re menor, de bendito sea Dios, de no tener miedo por primera vez en mi vida.

domingo 25 de octubre de 2009

Disculpe, hay un tornillo en mi carpaccio

Hace algunos días, mi mamá, fan entusiasta de la dieta y la figura esbelta, me dijo: "me provoca comer pizza, ¿Quieres?", yo ante semejante rareza, me rendí y dije que si. El apetito por el pan plano con tomate y queso mozarella se mezclaba con la pereza... Tanto que incluso pensamos en pedir pizza a domicilio. Pero al fin decidimos caminar las dos cuadras que nos separan del Unicentro El Marquéz.

Llegamos al restaurant Mamma Bella, reducto italianoide del este de la avenida Francisco de Miranda donde el mayor encanto es su horno a la leña y el menor, los experimentos de su chef (pastas con "lomito, salsa soya, pollo, tocineta y un toque de demi glace", por ejemplo).

Mi mamá decide: "Pizza cuatro estaciones", yo que me siento incómoda con el jamón en la pizza, sigo pensando en la mía cuando el capitán de mesoneros me dice "la pizza es grande, alcanza para las dos". Este señor, que no conoce el tamaño de nuestros apetitos me hace pensar en que debo pedir algo más y decido: Carpaccio, mi forma favorita de comer carne roja.

Reinaldo se nos une, pide otro carpaccio, esta vez de atún. Esperamos entre limonadas frappé y jugos de piña. Al fin llega la pizza, humeante y sabrosa, con extra de anchoas. Como decidimos tarde pedir los carpaccios, llegan después de la pizza. El ambiente es de tal informalidad que no importa este salto en el protocolo, puedo comerme una cosa y otra al mismo tiempo sin que se me mueva un pelo.

Primer bocado de carpaccio: carne fresca - el aderezo justo - aceite de oliva para lubricar el proceso de masticación - adoro el carpaccio - soy feliz.

Segundo bocado de carpaccio: pimienta negra - albahaca - carne fresca- un trozo de... De... De... ¿Qué es ésto?

Pintiagudo, oxidado, durísimo, enorme, espeluznante, un tornillo había aparecido en el carpaccio. (En el carpaccio no, en mi boca). Estupefacta, tomo el tornillo, lo miro con incredulidad, lo muestro a mis compañeros de condumio, el momento es de un surrealismo que espanta.

Mi mamá se asusta, Reinaldo no lo puede creer, yo agonizo (Y recuerdo que Reinaldo José, siempre dice "A Kary le pasa de todo en los restaurantes").

¿Qué hacer? ¿Llamar al mesonero que gana cuatro centavos al mes y le salen várices de tanto estar parado, con un sueldo equivalente a su vocación y a su poder de decisión y responsabilidad? Si, llamar al mesonero.

Yo, que puedo ser tremendamente mordaz y agresiva cuando mi vida está en peligro, respiro unas cuantas veces y pienso en esa máxima que nos pone en el lugar del otro "a cualquiera le puede pasar". Llamo al mesonero y le explico, serenamente, que esta cosa metálica, puntiaguda e innegablemente fálica, estuvo en mi boca sin mi consentimiento, que los errores los cometemos todos, pero que ésto puso en peligro mi vida y que, faltaba más, yo soy cocinera, miembro de la Asociación Venezolana de Chefs, Cocineros y afines, profesora de cocina y al fin y al cabo, cliente.

El hombre, con cara de poker, me dice en tono resignado y falto de emoción "Ya se lo cambio", se da la vuelta y se va. Yo quedo con un trozo de pizza con maíz y champiñones, que se enfría en mi plato.

Le pregunto a Reinaldo, quien siempre se da cuenta de cosas que yo omito: ¿Se disculpó?, me responde que no y a mí, en ese instante, se me hace la luz: la gastronomía en Venezuela está jodida por la falta de responsabilidad. No importa si los cocineros son unos sacrificados, si los mesoneros son fajadísimos y amables, si quien administra el dinero no se lo roba, si la señora que limpia el baño lo hace como si fuera suyo... Siempre hay alguien que debe hacer algo y no lo hace.

Regresa el mesonero con el clon del carpaccio asesino. Yo lo veo de reojo y ni Johnny Depp dándomelo en la boca me convencería de comerlo. Químicamente malhumorada y pensando que en otros países las indemnizaciones por algo así coquetearían con decenas de miles de dólares, le digo al señor que no me voy a comer el carpaccio y que exijo una compensación. Se vuelve a dar la vuelta diciendo "déjeme consultar" y mi instinto homicida se despierta. Al regresar dice, palabras más palabras menos, que "obviamente" el carpaccio no será incluido en la cuenta, que si nos apetece un "postrecito" o un "cafecito" por la casa. Deseando haberme dedicado a la zoología, a la física cuántica o a la bioenergética, reniego de la cocina y le digo que no, que no queremos un "postrecito", que nos traiga la cuenta.

Veinte minutos después, una jovencita con delantal verde, la chica que toma las comandas de las bebidas, nos acerca la cuenta. Nadie más da la cara, nadie se disculpa, nadie asume la responsabilidad de que una vez, en un carpaccio, a la cocina del restaurant Mamma Bella, se le escapó un tornillo que se escondió bajo los tomates con albahaca y que, sin importar las consecuencias, actuaron como típicos venezolanos incapaces de disculparse, evasivos de sus responsabilidades, inmediatistas (la cuenta se pagó, pero jamás en mi vida volveré) y escasos de vocación de servicio. Estoy segura de que son estas taras en nuestra personalidad nacional, y no las crisis económicas ni políticas, las que están destruyéndonos y mutando nuestros sueños de abundancia, prosperidad y buen vivir en pesadillas de sobrevivencia, hostilidad y desesperanza.

martes 20 de octubre de 2009

Los cocineros





Para ser cocinero hacen falta algunas características, muchas de ellas aparentemente excluyentes, que a los venezolanos nos sobran; tal vez sea por eso que aquí se come tan sabroso, porque cualquier hijo de vecino es perfectamente capaz de hacer un sancocho irreprochable a orillas de la playa con un mínimo de herramientas y las titánicas hallacas (preparación difícil y laboriosa como pocas en el mundo) le quedan bastante bien a la mayoría.

A los cocineros nos gusta la noche, estamos más lúcidos a las 11 pm que al despertarnos, nos encanta la buena vida y sin embargo el trabajo de cocina es uno de los física y emocionalmente más exigentes (hablo de muchas horas de pié al día, exposición continua e inclemente al calor, estrés permanente, posibilidad de cortes, quemaduras, accidentes), la mantequilla (el arroz, las aceitunas, el ají dulce, la miel…) nos parece un asunto delicadísimo y al mismo tiempo preferimos para comer los platos sencillos, hogareños, hechos por otros, a los manjares de restaurant.

En Venezuela hasta hace muy poco tiempo, los cocineros eran considerados como trabajadores de segunda, gente con una vocación extraviada que “no había podido hacer otra cosa en la vida”. Hoy el asunto es distinto, decir que uno es cocinero es tener una visa que permite la entrada a lugares cerrados para otros, simpatías instantáneas, confesiones del tipo: “siempre quise dedicarme a cocinar pero mis padres querían que estudiara en la universidad” o consultas acerca de cómo hacer risotto sin morir en el intento.

Hoy, día de cocinero, quiero decirles a mis colegas que los quiero mucho, a mis alumnos que les debo la vida (y el sentido de la vida), y a esa insondable fuerza que me trajo al mundo que estoy feliz de que haya obrado tan misteriosamente para hacer de mí una cocinera.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Ayuno

Este blog, templo de la gula y de la autocomplacencia, se solidariza dolorosamente con la huelga de hambre que protagonizan los estudiantes venezolanos, poetas de la valentía, paladines de la fortaleza.

Las publicaciones están suspendidas hasta que, algo pase, algo milagroso, algo bueno, algo esperanzador, como consecuencia de la proeza de nuestros muchachos.

viernes 18 de septiembre de 2009


Gourmeterapia el próximo viernes 25 de Septiembre


El próximo viernes 25 tendremos en el GAPP una sesión de gourmeterapia con tonos criollos.


Abreboca

Cazabitos con mantequilla de caraotas al gratén de queso telita y salsita de ají dulce

Entrada

Crema de maíz con polvo de tocineta

Principal

Suprema de pollo en pesto de cilantro sobre arroz al curry con pasas

Postre

Fondue de chocolate al aroma del cocuy



Para información, llamar a los amigos del GAPP al (212) 284.2646 / 324.3432

viernes 14 de agosto de 2009


Me gusta cuando callo

Pensando en Pablo Neruda y robándole su idea


Me gusta cuando callo porque estoy como ausente, y me pierdo en recuerdos y sueños de nubes.

Me gusta callarme, una vez cada tanto, para poder dejar hablar a la voz interna que se asusta con la voz de mi garganta.

Me gusta también callarme en el cine, en las peluquerías y en los estacionamientos. En los mercados mientras elijo las cebollas y los ajíes, es mi lugar y momento favoritos del silencio.

Callarme, muchas veces me ha salvado de dolores. Callarme ha sido mi as bajo la manga, porque nadie se lo espera.

Me encanta callarme y adivinar el sonido de reggae de mi sístoles y mi diástoles. Me gusta callar y al fin, escuchar el borboriteo de mis neuronas tratando de ponerse de acuerdo.

Me gusta, callada, ver como crece la grama, como mis gatos juegan, como mi vida pasa.

Callarme me gusta, el silencio me acompaña.

Callarme me gusta... Pero no todo el tiempo.

domingo 2 de agosto de 2009

Soy Cocinera

Me llamo Karina Pugh Briceño y soy cocinera. Otras pasiones ocupan también mi corazón, pero la cocina es el fuego primigenio que le da calor a mi vida. Amo al cordero, las ostras, la pasta al dente, el ají dulce, el cazabe y el queso guayamano. Odio al cambur, a la lechoza y al melón. Tengo relaciones relativamente saludables con el chocolate, pues ni lo odio ni lo amo, depende de su carácter puedo disfrutarlo o ser completamente indiferente hacia él.

Amo la comida... Y no me razgo las vestiduras por ninguna, ni siquiera por la venezolana. Para mí sólo existen dos tipos de cocinas en el mundo: la buena y la mala. Un jamón de bellota español me conmueve tanto como un mazapán de merey de Bolívar, un asado argentino me enternece tanto como unos bollitos pelones. No defiendo nada a capa y espada, pues creo que lo bueno no necesita defensa, y yo soy una ciudadana del mundo, cuyo nido se encuentra en Venezuela, pero que sabe que todos los bocados suculentos de la tierra están a su alcance y que la sensibilidad gastronómica de otras latitudes es la misma que la de aquí.

Soy Karina Pugh Briceño y me digo a mí misma que soy cocinera, porque la mantequilla es un asunto importante para mí, porque la nomenclatura gastronómica me parece poesía, porque los cocineros son mis hermanos, porque porque jamás me empalago, siempre tengo apetito y quiero probarlo todo, chapulines mexicanos, gusanos de seje del Amazonas, licor de serpiente tailandés. Me digo a mi misma que soy cocinera porque purifico mis pensamientos mientras remuevo un risotto, o deshueso científicamente a un conejo, sin un ápice de culpa.

Me encanta ser cocinera porque lo disfruto, y el único sentido de mi vida, lo confieso sin verguenza, es el disfrute... Disfruto hasta cuando lloro.

Yo le pertenezco a la cocina, soy su hija a su imagen y semejanza. Por eso mi alma es una hornilla, encendida eternamente, y mi cuerpo un patio de juegos en el cual experimento los sabores y las texturas de la vida.

jueves 30 de julio de 2009

10 años

Hoy celebro 10 años de haber salido de la escuela de cocina. Cuando entré, jamás imaginé que mi vida se dividiría en antes y después de ese evento. Fué un momento especialísimo para mí, pues, prácticamente toda mi familia me acompañó a celebrarlo. Mi bella familia, estóicos conejillos de indias, que celebraron mis aciertos y perdonaron mis metidas de pata iniciales en la cocina.

Recuerdo con especial cariño a mis amigos del alma y compañeros de aventuras gastronómicas, Milcy Luciani, Carlos Coronado y Manuel Sulbarán. Entre los cuatro descubrimos muchas cosas, nos divertimos como niños cocinando y cultivamos una amistad que, a pesar de las distancias (ellos tres viven en U.S.A), se mantiene intacta.

Tuve buenos y malos profesores. Los buenos encabezados por Tomás Fernández y Paul Capecchi, me enseñaron no sólo técnicas, sino esa mezcla extraña de hedonismo y vocación por el trabajo duro que debe tener un buen cocinero. Los malos me enseñaron, por contraste, lo que no debo hacer.

En estos diez años no sólo he cocinado sino que cientos de personas me han honrado al participar de mis clases de cocina. Tengo mucho que agradecerles a los dueños de las escuelas en las cuales he trabajado: Helena Ibarra en Cocido a Mano, René Torres en Mandalay y Lizzetta Torrealba en La Casserolle du Chef. Todos ellos crearon para mí un clima de libertad tan gratificante que lo menos que podía hacer era disrfutar de ser instructora. A los alumnos que, de manera tan entusiasta, siempre me regalaron su ingenio y creatividad, mi infinito agradecimiento. Han sido, siempre, una brújula que me mantiene en el rumbo correcto.

En fin, que mi agradecimiento mayor es a la vida, que me ha dado tanto... Tantos buenos bocados, tantas ricas texturas, tanto trabajo divertido, tantas buenas experiencias que hoy me dejan con un sabor dulce en la boca.


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