lunes 22 de junio de 2009

Irán en el corazón



Hago todo lo posible por evadir en mi blog temas dolorosos, tanto porque soy cobardona para el dolor, como porque este es un blog sobre "gastronomía y otras cosas buenas de la vida". Pero a veces la realidad se yergue, implacable, sobre las buenas intenciones y uno no puede esconder la cabeza bajo la tierra. En Irán están pasando cosas terribles (es cierto que en Sierra Leona, Brasil o Guinea Ecuatorial también, pero lo que pasa en Irán podemos verlo como un espejo de esos de feria en los cuales uno se ve distorsionado, pero sigue siendo uno mismo).

Desde aquí no puedo hacer nada más que mantenerme informada y dolerme por la gente que muere protestando... Y volver a publicar mi cuento "Almíbar de Dátiles" cuyo protagonista es un iraní residenciado en Venezuela.

En honor al recuerdo de Neda, la mártir, y de todos los que sufren persecusión y violencia por defender lo que piensan.


Almíbar de Dátiles

Dos años a dieta, dos implantes mamarios y dos liposucciones, hicieron de mí una mujer esbelta y bella. Renuncié al pan dulce con leche, a la pasta con crema, a la malta, a la milhoja de arequipe. Renuncié.

Me convertí en fan del yogurt, del agua de coco, de los masajes reductores, de las fajas y no me arrepiento. Soy lo que jamás imaginé ser, una mujer sexy. Sexy y sola.

Por eso mis amigas pegaron el grito al cielo cuando les conté que Agustín; si, el mismo de lentes de miopía, barriguita incipiente, discurso epistemológico reincidente y acento indeterminado; me había invitado a cenar. Yo lo tomé como una amabilidad hasta que vi sus ojos, como encendidos detrás de los cristales. Me di cuenta de que me estaba invitando a su casa a cenar. En un arrebato de tedio le dije que si, que iría, que mañana a las cinco de la tarde, como él, como todos nosotros, saldría de la oficina y estaría libre. Total, Agustín pertenece, sin lugar a dudas, a esa estirpe de hombres inofensivos que comen pasticho los domingos y toman ron con cocacola.

Mis amigas deliraron de felicidad ante mis ojos incrédulos. ¿Qué podía ser más soso que una cena con un tipo que sólo vive para leer y que aparenta más edad de la que tiene? Ellas, al unísono corearon felicitaciones, guiños de ojos y varios consejos que suenan terriblemente cursis a los treintaylargos años. Yo iría, por supuesto, vestida de diario, sin ningún mariposeo en el estómago y dispuesta a cenar frugalmente y a agradecer su gesto.

A las cinco en punto Agustín se asomó en mi oficina, me dijo que me esperaría en el estacionamiento. Yo, con esa sensación de hambre soslayada que he tenido desde hace dos años, asentí feliz de que se acercara la cena.

Lo seguí, la cola de la autopista era terrible. Él me enviaba mensajitos por el celular diciéndome que estaba encantado de que aceptara su invitación. Yo tratando de ser amable (y guiada por el hambre que ya me estaba acosando) le respondí que había aceptado encantada, pero eso si, iba a comer poco para respetar mi dieta.

Su mesa estaba tímidamente servida. Se disculpó y me dijo que tenía que calentar lo que había cocinado. Me habló de sus antepasados persas, de la cultura ancestral de sabores y perfumes que vivía desde hacía milenios en las tierras calurosas de Irán, que pertenecía a un reducido grupo de católicos iraníes, que estaba haciendo un curso de pensamiento complejo vía Internet.

Al momento de irse a la cocina comencé a sentir un aroma penetrante, de guiso, de especias, de aceites, de hierbas. No sabía exactamente de qué se trataba, pero se me hizo agua la boca. En minutos Agustín regresó con tres platitos, minúsculos, con berenjenas, zanahorias y aceitunas, eran las entradas.

Le digo que no tomo alcohol, me responde que lo sabe y me trae una copa con limonada perfumada con agua de rosas. Al momento de sentarnos a comer, el aroma del guiso era aún más penetrante. Le comento que huele delicioso y me dice que es una receta secreta de su familia, que los ingredientes los trae de su país, que jamás le dice a nadie el secreto de su preparación.

Al comer la primera aceituna un hilo de sudor me corrió por la espalda, era distinta, tremendamente distinta a cualquier aceituna que hubiera probado, carnosa, jugosa, casi acaramelada. Las berenjenas se deshacían en mi boca, las zanahorias, dulces y picantes, eran un deleite en mi paladar.

A medida que comía, Agustín hablaba suavemente. Se quitó los lentes y ante mí apareció un hombre con ojos profundos de pestañas enormísimas. Comía con tanta delicadeza que casi parecía estar rezando y con cada bocado suspiraba y me explicaba como en su familia, son los hombres los cocineros.

El aroma del guiso se me mete en el alma y Agustín se levanta de su silla y exhala un perfume de varón saludable y viril que no se corresponde con esa imagen de ser inofensivo que siempre tuve de él. Regresa de la cocina sonriente y me dice “el cordero es un animal muy especial, si no lo respetas te agrede con un mal sabor, pero si lo mimas, se deja cocinar como una exquisitez”.

Al lado del guiso de cordero, arroz basmati, una salsa de hierbabuena, más limonada con rosas y los ojos de Agustín, incandescentes y entornados, mientras yo engullo y envío a los mil demonios la dieta y la abstinencia.

El penúltimo bocado de cordero me angustia, ya se está terminando este manjar y yo hice una promesa que no he roto en dos años, jamás repetir. Agustín me mira y me dice “voy a servirte un poquito más” yo le devuelvo una mirada suplicante que él entiende de inmediato y me explica “Hago este cordero muy pocas veces al año, te conviene comer todo lo que puedas”. Agradezco íntimamente que me de un buen argumento y le digo que me sirva, que voy a repetir, que me sirva como si fuera la primera ración.

Mientras como, Agustín me comenta que su especialidad es la cocina dulce, los postres de su país son almibarados y rinden culto a los frutos secos. Impaciente, termino de devorar el guiso y experimento una paz de espíritu y un placer gastronómico distribuido por todo el cuerpo.

En un plato azul cobalto, trae una minúscula mousse de crema de leche de cabra regada por un almíbar de dátiles. La cucharilla de desliza por ella y sé que en tres bocados daré buena cuenta de aquella liliputiense delicia. Al llevármela a la boca siento como si miles de estrellitas explotaran en mi lengua y un rocío de miel me bañara entera. Completamente extasiada, me olvido de Agustín y me entrego al goce lúdico y lujurioso que el postre provoca en mí. Cierro los ojos y sólo quedamos ella y yo en el mundo, ella para ser devorada, yo para encontrarme conmigo misma y dar gracias a Dios por estar viva.

Cuando abro los ojos me encuentro con los de Agustín que me mira fijamente y me dice “Esta es una cena dedicada a ti. La cociné para decirte que creo que eres la mujer más bella y solitaria del planeta. Tu soledad y la mía son idénticas, por eso, sabía que sólo tú podrías disfrutar de esta comida como yo lo hago, sólo tú y tu soledad podrían entenderme a mi y a mi soledad”

Cuando lo besé me di cuenta de que él estaba comiendo la misma mousse con un almíbar de damascos.

lunes 15 de junio de 2009

El Mediterráneo en la Cocina, como despedida

Caracas es mi ciudad, y tengo con ella una relación de amor-odio muy intensa. Odio las colas, la suciedad, la inseguridad y ver como cada día este lugar, al que mi abuela llamaba "la sucursal del cielo" se convierte en un territorio sin ley. Amo al Aula Magna de la U.C.V y a su "tierra de nadie", amo los recuerdos de mi infancia en Los Chaguaramos, amo la posibilidad de seguirme encontrando con mis amigos de toda la vida en lugares equidistantes de sus sitios de trabajo, amo al Avila y amo la comida que puedo comerme sólo aquí.

Pero me voy, me mudo a Barquisimeto, lo cual me produce una mezcla de felicidad-susto-tristeza-optimismo difícil de describir.

Me pregunté cómo podía despedirme de Caracas de una manera que pudiera llevarme de ella todo lo bueno y dejarle todo lo que pudiera y me dí cuenta de que no había nada mejor que dar un taller sobre la cocina que me seduce más; por eso este 28 de Junio, voy a dictar el taller "EL MEDITERRÁNEO EN LA COCINA", para agradecerle a Caracas que me haya convertido en cocinera y para despedirme de esa gente bella que asiste a mis talleres con tanta disposición a disfrutar y que le encanta ser feliz cocinando conmigo.



"CUENTOS Y CANTOS GASTRONÓMICOS" en el comedor de Sumito


Puedo comenzar este post con esta perla de la sabiduría popular "Dios los cría y ellos se juntan", pues, esta semana, un grupo de gente que ama la cocina, la música y la literatura, se une para ser feliz mientras hace lo que más le gusta hacer. Este jueves 18, viernes 19 y sábado 20 de Junio, mi esposo Reinaldo y yo estaremos presentando nuestros "CUENTOS Y CANTOS GASTRONÓMICOS" en el Comedor de Sumito.

Héctor Romero y Sumito Estevez tuvieron la gentileza de invitarnos a su bello y cálido comedor en el cual servirán un menú hermosísimo que crearon a partir de la inspiración que les produjo mis cuentos.

Los invito a compartir con nosotros esta velada maravillosa de sabores, evocaciones y melodías.

Menú del comedor para el 18, 19 y 20 de Junio

ABREBOCA

Ostra al limón con gelatina de cocuy y falso caviar de ají dulce


ENTRADA

Sopa de gallina y auyama con papas ahumadas a la hierba buena


PRINCIPAL

Cordero estofado con salsa de cacao, cremoso arroz jazmín y salvaje al cilantro


POSTRE

Mousse de queso de cabra, dátiles y sarrapia


  • Se recibe por reservación (reservacionescomedor@gmail.com o +58-212-9922429)
  • No tenemos parquero
  • No tenemos venta de alcoholes
  • No tenemos punto de venta para TC y TD
  • Precio del menú: 140 BsF.
  • Descorche de vino blanco u otras bebidas: 30 BsF.
  • Descorche de vino tinto: 0 BsF.

martes 2 de junio de 2009

“Comer es sometimiento”

Cuando Andoni Luis Aduriz le propone a Anthony Bourdain que elija entre dos menús de degustación, uno llamado “Rebeldía” y otro llamado “Sumisión”, Bourdain no lo duda y dice “comer es sometimiento, sin duda elijo la sumisión”.


Comer lo que el otro hace es saborear su inventiva, tragar su trabajo, engullir sus decisiones, asimilar sus ideas. No hay escapatoria, lo que está en el plato proviene de la voluntad del otro, y, aun decidiendo lo que uno quiere comer, accede a los deseos del cocinero cuando acepta que él elabore el plato sin que ni siquiera uno pueda ver el proceso. Por eso siempre me ha puesto nerviosa ser comensal de menús dirigidos, porque tengo el hábito genético de rebelarme ante las imposiciones, pero cuando son los panas quienes me invitan, silencio mi indocilidad natural y me someto de mil amores.


Sumito nos invitó a comer en su comedor, e hizo hincapié en que fuera un día en particular: 28 de Mayo. Siempre he sentido una ternura enorme cuando me invitan a comer, como es una de mis actividades favoritas, lo siento como un consentimiento a lo más vulnerable que hay en mí; sin comer desde el mediodía y con el espíritu conmovido, Reinaldo y yo llegamos al comedor de Sumito y nos dispusimos a devorar todo cuanto cayera en nuestra mesa.


Como si hubiera adivinado nuestras preferencias, el menú era de inspiración margariteña. Pescados y mariscos, nuestros alimentos favoritos, se hacían sentir antes de dejarse ver sólo por sus aromas.

Sumito camina apresuradamente de un lado a otro y nos dice que mientras dure la operación no podrá hablar más de dos palabras con nosotros, que cuando finalice el ajetreo se sienta a conversar. Unos jovencísimos cocineros-mesoneros nos atienden como si fuéramos sus amigos, descorchan nuestro vino, nos sonríen y nos acompañan discreta y atentamente.


Un juguetón rompe colchón con espuma de galleta de soda inicia nuestro viaje, la sugerencia aromática de la galleta de soda contrasta con la textura de las burbujas y desconcierta. Ensalada de chucho con habas y crujiente de cazabe es nuestro segundo plato, y se arriesgan a aderezar con picante el asunto, cosa que agradecemos con el alma. Un sancocho de rape criollo con aroma a leña, nos confirma que no hay nada como cocinar como los primeros hombres, utilizando la leña y sus perfumes. Tomate margariteño relleno de caracoles y morcilla, salsa de ají dulce y espuma de papa, enamora la frescura del fruto casi crudo con la contundencia y la travesura de unir cerdo y moluscos.


Cuando ya habíamos probado todo ésto, llega lo que para mí fue una de las experiencias gastronómicas más asombrosas de mi vida: pescado “oreao” (curado en agua de mar) sobre guasacaca de mango verde y cebiche de topocho y tamarindo. Debo detenerme aquí porque se me hace urgente una aclaratoria: amo al pescado, y por lo tanto soy tremendamente quisquillosa a la hora de comerlo. O me lo como de la mano de Cambao, quien es un genio, o me lo como en cebiche hecho por peruanos, o a orillas de la playa (cuyos habitantes conocen sus secretos mejor que nadie) o siempre estoy temerosa de que esté muy cocido, muy blando, muy crudo, muy soso… Pero este pescado estaba perfecto. El método ancestral de curarlo en agua de mar (Sumito por razones obvias utiliza una solución de agua potable y sal marina) da como resultado no sólo una pieza perfectamente sazonada sino con una textura indescriptible (en España, los cocineros de vanguardia están “descubriendo” este procedimiento). Yo soy una persona concreta, a quien le cuesta imaginarse eventos metamateriales porque siempre necesito referencias corpóreas, pues, como eventualmente me pasa con la comida excepcionalmente buena, este pescado movió en mí una especie de iluminación, de mini epifanía, una intuición de que Dios existe y es mi amigo.

Y como no era suficiente, llegó el postre: Bombón de queso de cabra y piñonate, coulis de parchita y merey confitado. Una pieza de maestría azucarada que ideó Héctor Romero y que nos dejó a Reinaldo y a mí en un estado de satisfacción personal y de arrobamiento del espíritu que se desvaneció unos dos días después.


Luego, la conversa, los amigos comunes, el país, los hijos, el pasado, los planes y la promesa de hacer algo juntos pronto… Y como pronto es ya, este sábado 6 de junio a las 2 pm y el domingo 7 a las 12 m, Sumito nos invita a compartir con él su programa de radio “Diario de un cocinero” en Onda la Superestación, Reinaldo canta sus canciones gastronómicas, yo leo un pedacito de mi cuento “Almíbar de dátiles” y entre los tres nos damos una cotorra deliciosa para celebrar toda la felicidad que nos pueden brindar la cocina y los amigos.

miércoles 20 de mayo de 2009

El arte corporal-gastronómico de James Kuhn

James Kuhn fusiona dos de mis pasiones: el maquillaje y la gastronomía. Es un artirsta plástico cuyo proyecto es maquillarse el rostro y tomarse fotos durante 365 días.

El video a continuación contiene el contenido gastronómico de su obra (pues es amplísima y se pasea por todo el pop art con su cara como vehículo).




lunes 18 de mayo de 2009

Adiós a Benedetti




jueves 23 de abril de 2009

Feliz día del libro y de Sant Jordi

Yo creo que no hay nada más hermoso que un libro. Ni rosas, ni joyas me conmueven tanto como ese montón de hojas escritas por un extraño, y a veces, por un amigo.

Hoy, día de Sant Jordi, patrón de Catalunya, se celebra el Día Internacional del Libro, que yo celebro compartiendo con ustedes mis libros de cocina favoritos:









martes 21 de abril de 2009


Creatividad a borbotones

Hoy, 21 de abril se celebra el Día Internacional de la Creatividad, y el tema me apasiona.

Esa cocina astuta, que sorprende, que impresiona: el semi sashimi con manzana de Tomás Fernández, el falso cuscus de vegetales de Alonso Núñez, la ensalada de tequeños de cabra de Irina Pedroso, los enredos de yuca de Helena Ibarra, el risotto de coliflor de Heston Blumenthal, la espuma de agua de mar de Ferrán Adriá, son piezas del ingenio de cocineros que frente a un ingrediente "común" se plantean hacer con él algo que sorprenda.

Menos famosos y desmesuradamente creativos, los alumnos del Grupo Académico Panadero Pastelero (GAPP) me han sorprendido miles de veces en sus presentaciones finales de Pastelería o Panadería. He comido pan de pelao guayanés, tortas negras deconstruidas, toronjas con ají dulce, pan de huacatay y aji peruano, baklawas de cebolla y hasta un panettone de tocineta.

Mis alumnos me han sorprendido con respuestas agudas ante preguntas obvias, han resuelto problemas en la cocina de manera ocurrente y muchas de sus dudas sólo se generan a partir de una profunda reflexión y de poner las neuronas a funcionar enérgicamente.
Justificar a ambos lados
Pero hay una creatividad que me conmueve: la de la cocina familiar. La mamá que se niega a meterle en la lonchera siempre lo mismo a su retoño, el hombre que le cocina una sopita a su familia intuyendo como hacerlo, los niños que aprenden a hacer panquecas, la novia que aprende a hacer salsa bechamel para complacerle el antojo de pasticho al novio, el muchacho que experimenta en su casa como hacer torta de auyama, todos los que, ante una nevera medio vacía, se empeñan en sacarle provecho a lo que tengan.

La creatividad es inherente al ser humano, todo el que tenga neuronas y un poco de sentido del humor puede resolver sus problemas creativamente, o proporcionarle a la humanidad una razón de ser a partir del despliegue de su ingenio, que es el ingenio de todos.

domingo 12 de abril de 2009

viernes 3 de abril de 2009

Fotos del taller La Cocina de la Sensualidad